Celebración

Pocas veces sucede que en mi casa se junta toda la familia. Como hijo de padres separados desde hace muchos años, las celebraciones han sido siempre por sorteo o en general con mi madre dadas las circunstancias. 

Esta vez y por el cumpleaños de uno de mis hermanos mis dos papás -más mis abuelos- se encontraban en la casa celebrando: un asado, torta y un par de cosas más en la mesa para seguir comiendo. En la mesa, mi abuelo contó un par de tallas que le habían pasado a mi abuelita en uno de los viajes que alguna vez hicieron: “una vez íbamos camino a ver a uno de tus tíos, la cosa es que esta señora empezó a leer en voz alta los letreros del camino: empanadas a 500, después dijo empanadas a 400, empanadas a 300 y cuando el letrero iba en 200 me dijo “mira sergio, las empanadas están bajando para que vayamos a comprar” y me reí tan fuerte que tuve que parar el auto” y todos en la casa comenzamos a reír, menos mi abuelita que se enojó por recordarle el momento -supongo que contar historias es de familia-

Pasada ya la noche, mis abuelos comenzaron a retirarse, la celebración ya había terminado y yo también tenía que volver a mi hogar temporal en otro pueblo distinto donde me estoy alojando por estos días. Cuando iba saliendo, mis papás se encontraban fuera de la casa fumando un cigarro y la escena igual fue -bonita de ver- dentro de todo: mi papá estaba sentado en uno de los escalones de la entrada y mi mamá con sus brazos cruzados frente a él, fumando hacia arriba mientras conversaban alegremente. La verdad es que me conmovió un poco -me imaginaba- yo en esa situación, por supuesto sin estar separado pero viviendo esa felicidad de compartir un cigarro junto a alguien que comparte o compartío parte de su vida con el otro, así se veían, felices mientras veían a sus tres hijos crecer y hablando de lo mismo. Lo inimaginable sucedió después; Al yo sacar el auto y tomar mis cosas para irme extrañamente mis dos papás se pusieron a llorar, se abrazaron y casi al unísono me dijeron: cuidate. Me veían partir a una casa que no era de ellos, me veían irme en un auto sabiendo que yo no volvería esa noche y según lo que me contaron pensaron ambos en el momento de que yo me fuera del hogar materno para no volver, que ya me veían como alguien grande y que se sentían orgullosos de lo que estaba haciendo -aún cuando me estoy demorando- fue emotivo. Cuando empecé a acelerar para retirarme, ambos seguían compartiendo su cigarro, ambos tristes por lo que alcancé a ver mientras yo me despedía con una mano fuera del vidrio, ellos se quedaron y yo me fuí aunque con el corazón lleno por saber el apoyo que me entregaban esos dos viejos que hasta el día de hoy se siguen esforzando por mi.

“No me interesa lo que hagas, mientras te haga feliz”-Frase de mi padre-

“ Te voy a ayudar y acompañar siempre” -Frase de mi madre-

Y ahora que me encuentro solo, agradezco por esas palabras que me dieron, la familia es lo único que queda aún en los peores momentos.

Y como dijo mi padre “Así es la vida, el hombre ama y la mujer olvida” que genio.

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Pueblo chico, infierno grande.

Pueblo chico infierno grande dice el dicho y creo que no puede ser más cierto.

Claro, es simple contarlo ahora que me encuentro resguardado por la naturaleza que me entrega la casa de un familiar donde me vengo quedando ya hace unos días -por lo mismo- he tenido bastante tiempo para pensar y escribir.

Como nunca y por esas cosas de la vida fui al centro comercial que ostenta la ciudad donde vivo a comprar un par de cosas para un pariente que me las pidió, me encontré con un par de amigos y al salir ví una pequeña silueta de lejos, acompañada por otra sombra un poco más grande.

He de comentar que nunca había corrido tan rápido en mi vida, mi corazón se aceleró a mil y mis ganas de llorar se volvieron más que reales. Corrí, cada vez más rápido por pasillos que se acercaban a mi, más pequeños a medida que iba avanzando, en un momento dado ya me encontraba en el auto sentado y con un cigarrillo en la mano tratando de calmar la ansiedad que el momento me había provocado encendiendolo prontamente para poder irme luego de ese lugar. No pensé que esto llegaría tan pronto.

Llegué  solamente a sentarme, escribir, vaciar mi última botella de vino y encender un cigarrillo, cual petulante y desesperado autor para poder calmarme entre las letras  y el trinar de muchos pájaros.

Cuerpo.

Canela es lo que más se ha repetido

desde la punta de tus pies hasta la comisura de tus labios

es imposible no recordarlo

una obra de arte, un sin sentido.

La figura divina que envuelve 

un sinfín de curvas detalladas a lo largo

de un pequeño cuerpo

capaz de dejarte en letargo.

un recorrido mágico

por lo proporcional de tu pecho

entre tu cuello y el ombligo

cerros que sirven de lecho

cuando ya estás casi dormido.

Cuerpo que hoy adora a alguien más.

Y es que recorrer tus piernas

como carreteras desiertas

era el indicio de una revuelta

de cariño

de amor

de deseo

de odio

todo junto en pocos episodios

pequeño como tu cuerpo

algo que ya no recorreré

ni ahora, ni jamás en el tiempo.

Este es el último de los poemas.

Labios

Suaves líneas rojas sobre tu cara

que parecieran ser dibujadas por un pincel

detalladamente

delicadamente

Acuarela sobre papel.

Líneas rojizas y delgadas

que terminaban

en una pequeña comisura

risueña

estrellada

sobre la suave piel canela

donde se detalla esa pintura

que te daba aires de ternura.

Labios que relatan palabras de amor

Labios que exhalan palabras de dolor

y es que su escrupuloso movimiento

era una especie de baile 

que evocaban sentimientos

Labios que hoy besan a alguien más.

De aquellos rojizos labios

recuerdo los besos más deseosos

las palabras más amargas

los versículos perezosos

cuando se juntaban para poder susurrar

alguna que otra cosa

incluso, para bostezar.

Y así, labios carnosos

dibujados sobre una piel canela

lleva a quien los tenga

o al cielo, o a la impaciencia.

Ojos

Si tuviera que describir

la gema más bella

la gema con la que no podría vivir

serían tus ojos

ojos finos, ojos lustrosos

Vívidos y brillantes

asemejados a un pequeño diamante.

Ambos por igual

o uno por sí solo

o en esa apariencia que me volvía loco

cuando podía mirarlos de cerca

frente a frente

poco a poco.

Ojos aguileños

de un café puro

acentuados por un delineador oscuro

mirada soñada

en ella te perderías, así, de seguro.

Ojos que hoy deleitan a alguien más.

Ojos de chinita al despertar

tímidos, algunas veces pegados

por la hora o por el lugar

donde más de alguna vez amanecieron

honestos, tranquilos, sin pintar.

Ojos pacientes

que alguna vez estuvieron enamorados

de este par de ojos

locos, por volverlos a mirar.

“irías a ser muda que Dios te dio esos ojos”

Huidobro tenía razón

no hay nada más bello que un par de ojos.

Pies

Pequeños y bellos

eran los pies que te sostenían.

Tostados por el sol

empalidecidos cuando llovía

la magia del verano

o el cambio de estación, del día a día.

Siempre jugueteaba con el color de tus dedos

Calipsos, por sobre todo

principiando la primavera

el color poco y nada existía

pequeñas cáscaras seguían adornando tus uñas

descuidadas, total, solo yo las veía.

Pies juguetones

cuando entrelazabas tus dedos con los míos

debajo de una sábana, con calcetines

o simplemente cuando nos quedamos dormidos.

Píes que hoy cobijan a alguien más.

Píes delicados

Píes doloridos

por ese callo que muchas veces intentamos sacar

con las manos, con los dientes o lo que pudiéramos encontrar

en medio del plantar

en ambos, un poco a la izquierda 

sin variar.

Pies de princesa

de un caminar sereno

solo soñaban con subir cerros.

Lo último que fue hacer de ellos

en completa devoción

fue celebrar una liturgia bíblica

lavando en cada escueto lugar

para que así pudieran descansar.

Pies bellos

¿Con quien ahora has de brillar?

Ahora corresponde que otro

los pueda alabar.

Pequeños y lindos, piececitos bellos.

Manos

Siempre quise redactar una iliada de tus manos

y es que por ellas se podría iniciar una guerra

sin rodeos, sin reparos.

Es repasar unos largos y finos dedos

de un color tostado

adornados por pequeños brillos, adornado.

Palmas cenceñas

que nunca lograban encontrar el calor

tampoco importaba, el de otro te adueñas

como un hielo derritiendose

ante el imponente sol.

Miles de pequeñas grietas recorren tu piel

desde tu delgada muñeca

hasta el final de su recorrer

a la punta de un pequeño dedo

como un mapa, un pequeño riel

contando historias, de lo pasado y de lo fiel.

Esas mismas manos

que envolvieron un regalo

que prometí no abrir jamás

que fue entregado por cumplir

más no para ajasajar.

Esas manos color canela

siempre decoradas con largas estelas

de epoca, de estación

o simplemente, con lentejuelas

para embellecer aún más esas herramientas

de las que seguro te sientes orgullosa

por su forma y su cautela

a la hora de acariciar

con las suaves palmas

o con las delicadas yemas

el rostro de aquel que ahora amas.

Soñaba

Soñaba con el color de tus ojos

Claro, ahora tal vez puesto de un poco de enojo

Y es que veía pasar mientras yo había de esperar

Tu sonrisa risueña, la idea de tu hablar.

Vi muchas personas pasar, pensaba

¿Habrá de llegar?

Junté mis manos y cual hereje recé a Dios

“Dame una señal, un poco otra vez de su hermoso caminar”

Esperar esperar, al paso de una hora, tal vez de un poco más

Me di cuenta qué tal vez no me has de extrañar

Que ya son otras manos las que te preparan un té dulce

Que tus manos acarician a esas manos

Que ya has tener en alguien más en qué pensar.

Aunque muchas veces me repita la canción

“Quiero que seas feliz, aunque no sea conmigo”

Se que es solo un bofeton

Un poco de la realidad cercana

De tu cuerpo, probablemente ya en otra cama.

Seguía esperando bajo la sombra

De un árbol, de una Alondra

Que me acompañaba en el pasar de los minutos

Mientras te esperaba, aún, inconcluso.

Y pasan los minutos y más le pido a Dios

Ver tu sonrisa, tus manos, pero ya no queda nada de amor

Esperaba al susurro del viento un poco de tu perfume, un poco de tu todo.

Pero no hubo ni Dios, ni señal, solo pude ver gente pasar, mientras te esperaba para volver a subirte al altar.

Y así soñaba despierto, un poco de aquí, un poco de aquello

Ya convencido de que no ibas a llegar

Ni por un instante, ni por extrañar

Espero que los brazos que hoy te abrazan

Sepan hacerte feliz, de eso se “tratan”

Que yo me dedicaré a recordarte

Guardando un luto, tratando de dejar de amarte

Soñaba que en ese momento, si ibas a llegar.

Disculpas a quien he de molestar.

Por tratar de verte un poquito más.

Viejos textos 1.

Mientras navegaba por internet me encontré con algunos viejos textos que había escrito para una página de -valga la redundancia- escritores amateurs. Fue un buen periodo, nada que decir. He aqui alguno de los que escribí.

– ¿Y si nos quedamos aquí? Hace tiempo no veníamos a este lugar.

– ¿Desde el verano cierto? Es extraño, no ha pasado tanto, un par de meses y todo ha cambiado ¡fíjate! Si hasta los árboles lo demuestran.

Los colores habían cambiado desde la última vez que habíamos estado ahí, el verde del verano estaba pasando, las tonalidades rojizas y amarillas en las hojas de los árboles destacaban dándonos una clara señal de que el otoño ya estaba aquí, entre nosotros, sobre todo, podíamos sentir el -crack crack- de las hojas rompiéndose bajo nuestros pies.

-Traje un poco de té en el termo, sé que te gusta dulce así que así lo traje, para ti.

Creo nunca haber sido tan considerado, ni en algo tan simple como dejar de lado mi «no gusto» por lo dulce pero ahora lo estaba haciendo, quizás por primera vez, desinteresada y genuinamente, solo quería disfrutar el momento y si eso significaba un poco de azúcar en mí, estoy dispuesto a beber. –

– ¿Te parece si armo un tabaco para cada uno? Y antes de responder, ella ya tenía sus suaves dedos sobre los implementos necesarios, el tabaco abierto y los pastelillos sueltos.

-Si obvio dale. No podía agregar nada más, me quedé absorto viendo como sus delgados dedos armaban el cilindro nicotinoso.

No podía dejar de mirarla, todo en el momento fue perfecto, su presencia, su aroma, la forma en cómo movía hábilmente sus manos mientras me hablaba de la vida, del tiempo que llevábamos juntos y de otras trivialidades. Mientras terminaba de armar y sacar el encendedor para prender el tabaco y con su otra mano ocupada en una pequeña taza de té, me preguntó.

– ¿Oye, tú crees que el opuesto del amor es la indiferencia?

Quedé en blanco por un momento, no sabía bien qué responder, me tomó totalmente por sorpresa; No quería pensar en aquello, sentía que no era el momento y el lugar ni menos mi estado de ánimo me lo permitía, sólo -y monotemáticamente- pensaba en besarla y dejarla sin aliento, hundirla en mis labios y dejarla tan absorta por mi como yo por ella.

Así intenté hilvanar un par de ideas, aunque sabía que no lograrían convencerla, ella esperaba dialogar y yo solo podía ofrecer la inmensidad del momento y el aire frío de estas épocas.

– “El opuesto del amor es el egoísmo, quizás la indiferencia le duela más al amor, pero creo que el egoísmo lo mata”

Fueron mis últimas palabras antes de un largo suspiro, no quería agregar nada más. El viento del otoño haciendo surcar su perfume, el inminente atardecer rojizo, las hojas cayendo y la taza de té en mis manos no me permitían pensar más allá. Tampoco quería hacerlo, quería disfrutarla a ella y a la estación, aun cuando esta lo hace todo más frío.

Mientras terminaba mi tabaco, escuché alegremente:

– “Ven, acuéstate aquí” -señalando con sus manos que descansará mi cabeza en sus muslos-.

Me acosté lentamente, sin mediar aviso, mientras yo miraba hacia arriba me besó y luego desplazó su mirada hacia donde yo lo hacía -para acompañarme- mientras pensaba en esos colores anaranjados y amarillentos que estaban sobre nosotros, cuando nos percatamos de unos pequeños pajaritos que comenzaban a resguardarse ante el ocaso del día.

– “Te tinca si seguimos volando sin preocuparnos por el tiempo, aun cuando caen las hojas y los días se hacen más fríos ¿Te seguirás quedando conmigo?”

– “Sí, siempre.”

Y ahora estamos cambiando los colores al otoño.

Acostarme.

Cada noche al acostarme en mi cama

vuelvo a imaginar un poco de ese panorama

vuelvo a pensar, un poco en ese perfume que usaba

recuerdo, el sabor de los besos, desde la comisura de mi labio

hasta el punto más retorcido del imaginario

Vuelvo a sentir, el calor de unos suaves dedos delgados

caminando tímidamente por mis costados

subiendo a mis hombros, a mi cuello y a mi pelo desaliñado.

Siento la pasión de esa respiración, suave al dormir

enérgica al compartir

un tabaco, un viaje, un poco del gran vivir.

Vuelvo a imaginar, vagamente

el color de tus ojos

el aroma de tu pelo

la sensación de tu piel

el dulce de tus labios

lo precioso de tu cuello

lo invaluable de tus curvas

lo poderoso de tu deseo

lo vívido de tus sueños

lo perfecto de tu sonrisa

Me acuesto y mi cabeza toca suavemente la almohada

sigo siendo capaz de ver aquella fachada

donde alguna vez te refugiaste: una pieza verde, antigua y gastada

o una habitación adornada, con camisetas colgantes en una ventana

o en casas antiguas, con colchones gastados

y tu con tu cara sudada por correr de la policía

aquellas veces que la noche se nos hacía día.

Mis ojos se cierran, no distingo la realidad de la mentira

Siento que suena mi teléfono: un mensaje, una llamada, un semitono

y se que soy yo

y se que no eres tu.

Que mis ojos ya están cerrados

y mi día ya ha terminado.